
Tomar la temperatura emocional de otras personas era una puerta de entrada a la intriga lujuriosa.
No tenía idea de lo que significaba la frase «deja de jugar a ser Dios» del Tercer Paso. Pensaba que significaba dejar de exigir que las personas se comportaran como yo quería y que las circunstancias salieran como yo quería. Definitivamente significa esas cosas, pero significa mucho, mucho más.
Tuve que dejar de leer la mente de las personas y de observar sus disposiciones y actitudes. Cuando alguien me decía hola, estudiaba su expresión facial, su lenguaje corporal, su tono, su entonación, etc., para determinar si estaba feliz, triste, enojado conmigo o tenía miedo de mí. Estaba tomando su temperatura para saber cómo me estaba yendo a mí. Más tarde me di cuenta de que la intriga lujuriosa funciona de la misma manera: observaba el tono y la expresión facial de alguien e interpretaba sus palabras como una señal de que esa persona se sentía atraída por mí. Entonces podían comenzar a aparecer imágenes en mi cabeza.
El Libro Grande dice que no podíamos diferenciar lo verdadero de lo falso. Eso se debía a que yo creía en esas constantes suposiciones, conjeturas e intrigas acerca de lo que yo imaginaba que estaba sucediendo en el interior de los demás. ¿Qué debía hacer?
Le pedí a Dios que eliminara de mi mente cualquier pensamiento lujurioso o codependiente. Esperé hasta que mi mente quedara en blanco. Entonces, dejé de observar y de interpretar la comunicación no verbal de las personas. El Décimo Paso dice que debo observar lo que está sucediendo dentro de mí, no lo que está sucediendo en los demás. Luego, escuché solamente lo que realmente estaban diciendo y haciendo, tratando de tomarlo tal como se presentaba, sin interpretaciones. Pregunté y escuché cómo querría Dios que yo respondiera.
Por último, si se trata de codependencia, afirmo con convicción que estoy haciendo lo correcto o lo incorrecto basándome en cómo Dios quiere que yo sea, no en cómo las personas quieren que yo sea. En cuanto a la intriga lujuriosa, afirmo con convicción, desde mi alma, la realidad que existe entre esa persona y yo, por ejemplo: «No hay absolutamente nada entre esa persona y yo, y nunca lo habrá».
Nunca había estado tan mental, emocional y espiritualmente desapegada de esa bestia de dos cabezas formada por la codependencia y la intriga.
¡Qué paz! ¡Gracias a Dios!
Anónimo



