
Complacer a los demás y el verdadero desinterés eran dos cosas muy diferentes e incompatibles entre sí.
Mi concepto de generosidad ha cambiado por completo desde que trabajo los Doce Pasos basándome en el Libro Grande.
Antes pensaba que ser generoso significaba hacer siempre lo que los demás querían. Rara vez expresaba mis propias opiniones o deseos. Intentaba convertirme en la persona que creía que los demás esperaban que fuera. Ahora veo que aquello estaba realmente impulsado por el miedo. Pensaba constantemente en lo que los demás opinaban de mí y trataba de mantenerlos a todos contentos conmigo.
Lo sorprendente que descubrí en la recuperación es que aquello seguía siendo egocentrismo. Mi atención estaba centrada en mí mismo: en mi imagen, en si le caía bien a la gente y en cómo mantener a todos satisfechos conmigo.
El Libro Grande me mostró algo muy distinto. Dice que el egoísmo y el egocentrismo son la raíz de nuestros problemas, y nos indica: «Ante todo, teníamos que dejar de jugar a ser Dios» (AA 62). Empecé a comprender que el egoísmo no consiste en tener preferencias o hacer cosas que disfruto. Consiste en creer que sé cómo debe desarrollarse la vida, cómo deben comportarse los demás, cómo deben verme y cuál debe ser el resultado.
Si el egoísmo consiste en imponer mi propia voluntad, tal vez la generosidad consista en no hacerlo.
Eso no significa volverme pasivo ni tratar de complacer a los demás en todo momento. El Tercer Paso no me pide que ponga mi voluntad y mi vida al cuidado de otras personas; me pide que las ponga al cuidado de Dios.
Hoy, en lugar de preguntarme «¿Qué quiero yo?» o incluso «¿Qué hará felices a los demás?», trato de preguntarme: «Dios, ¿qué es lo más amoroso y saludable que puedo hacer en este momento?».
A veces, la respuesta implica sacrificio. A veces significa dejar de lado mis preferencias para poder servir a mi familia, a mis amigos o a las personas a las que apadrino. Pero, en ocasiones, lo más amoroso no es lo que los demás desean. A veces, el amor exige decepcionar a alguien.
Por ejemplo, si mi hijo quiere pasar el día en el zoológico, pero yo tengo una cita de fisioterapia, podría parecer un acto de generosidad cancelar mi cita y llevarlo a él en su lugar. Pero si asistir a fisioterapia me ayuda a sanar para poder seguir cuidándolo bien en el futuro, entonces cumplir con esa cita puede ser, en realidad, la decisión que mejor refleja el amor. El amor por los demás no consiste en complacer a los demás, sino en buscar la dirección de Dios.
He descubierto que esta forma de vivir aporta una libertad inmensa. No tengo que imponer mi voluntad ni vivir según las expectativas de los demás. Mi responsabilidad es simplemente buscar la voluntad de Dios con la mayor sinceridad posible y confiar en Él para los resultados.
Cuando inicié mi proceso de recuperación, pensaba que la generosidad significaba perderme a mí mismo. En cambio, he descubierto que significa liberarme de la esclavitud del propio yo. Me preocupo menos por imponer mi voluntad o por gestionar lo que los demás piensan de mí, y estoy más disponible para Dios. Desde esa perspectiva, el amor surge de manera mucho más natural. Y, para mí, esa ha sido una de las mayores libertades que me han brindado los Doce Pasos.
Ash, EE. UU.



